Vuelve por Navidad

Jorge estaba terminando de poner la mesa con un mantel cobrizo repleto de paquetes de regalo y guirnaldas de muérdago. El belén observaba desde el aparador, el árbol de Navidad junto a la puerta y la cubertería de plata al lado de los platos de porcelana fina. El pavo seguía en el horno y los ibéricos sobre el Silestone. La casa olía a Navidad.

El hombre esperaba a su esposa y su hijita. Desde el traslado empresarial de su partenaire a otra ciudad, el pobre estaba de un Rodríguez perpetuo. Pero era imposible que vivieran juntos porque alguien debía cuidar del hermoso adosado que habían comprado cuando la bonanza económica les permitía todo tipo de caprichos. Además, él tenía un  tallercito de mecánica que no deseaba cerrar.

Se dio un buen baño. Se afeitó –rasurando hasta los pelillos, que todavía no habían salido— con una navaja snowboard. Se perfumó con unas gotas de Bvlgari Extreme pour homme; el único capricho que se permitía para que su Carmen olfatease esa fragancia que tanto le gustaba. Y se puso su mejor traje –un diplomático sobrio con unas finísimas rayas en tono cáscara de huevo— de Easy Wear. En el espejo vislumbró a un hombre pletórico y radiante a la espera de recoger el premio gordo.

Cuando escuchó el timbre de la entrada, brincó como un chiquillo y se apresuró a abrir la puerta. Antes, se miró por última vez asegurando su aspecto:





–¡Olé Jorge! Estás como todos los años: hecho un chaval guapo y fuerte –se dijo a sí mismo con una sonrisa de oreja a oreja.

Fue hacia el portón, precipitado. No obstante, a dos pasos del umbral, aminoró la marcha para no parecer excesivamente efusivo. Su chica era muy seria.

Al abrir la hoja de castaño blindado, le brillaron los ojos. Ahí estaban sus mujeres. Su amada esposa y su perlita. Carmen con un chaquetón de corte diplomático en negro y un echarpe salmón. Carmencita llevaba un abriguito rojo de lo más lindo, como de costumbre.

–¡Hola papito querido! –la criatura se le echó al cuello.

–¡Hola lindura! Siempre tan cariñosa –contestó un emocionado Jorge.

La esposa ladeo la cabeza y besó su mejilla.

–Hola Jorge. Siempre impecable, como a mí me gusta. Es un placer volver a casa. Está como la recordaba –dijo con un halo difuso.

Se sentaron a cenar entre sonrisas y cariños. Las tres personas más felices de la tierra. En mitad de la comilona, la niña sacó la mano antes de tiempo y recibió un cucharazo en el dorso de la palma; se puso a llorar a moco tendido.





–Mujer, no seas tan estricta con nuestra preciosa Carmencita –refunfuñó Jorge.

Carmen lo miró con cara de pocos amigos. Jorge supo que esas palabras estaban de más. Calló.

–Lo hago por ella. No quiero que crezca malcriada. Ya sabemos lo que pasa después... Y por favor, no me contradigas delante de la niña –sentenció  su cónyuge.

–Como quieras, mujer. No te enfades –terminó por decir Jorge con el rostro fruncido.

Por dentro le hervía la sangre. Todas las navidades sucedía lo mismo, empezaban de buen rollo y, a mitad de la cena, se enzarzaban en una disputa que acababa con una mortífera pelea; tirándose los platos, literalmente, a la cabeza. La niñita agazapada en un rincón. Mirando cómo su papi y su mami discutían bastante acalorados hasta llegar a las manos.

Carmen le pegó varias patadas a Jorge. Y éste la abofeteó. Acto seguido, ella se marchó a la habitación y cerró la puerta de golpe. Jorge cogió a Carmencita y la llevó hasta su dormitorio tiernamente. La niña se durmió arropada por un edredón con dibujos de Disney; su rostro de angelito dibujaba una sonrisa. Inmediato, Jorge fue al garaje. Manipuló el automóvil de su esposa y durmió en el sofá.


A la mañana siguiente, más temprano que de costumbre, Carmen salió picando biela. La niña con ella. Algo que Jorge no había previsto.

La carretera bordeaba una montaña lindante con el embravecido Cantábrico. En una curva, el Renault se salió de la calzada y ruló por el acantilado. Carmen intentó abrir la puerta. Sin embargo, tenía diversas heridas abiertas que le impedían moverse; sus piernas estaban aplastadas. A su lado, la niña empotrada en la luna delantera: el cuerpecito inerte, triturado.

–¡Nooo…! –chilló con todas sus fuerzas.

Una explosión feroz convirtió el vehículo en una bola de fuego.
La estricta madre, en un flashback momentáneo antes de cerrar los ojos por última vez, atravesó un túnel de luz fulgurante y blanquecina; se vio horas antes, peleando con Jorge. Sonrió, habían olvidado cerrar las cortinas de los ventanales. Al lado, vivían dos solteronas –bastante chismosas— que no perdieron detalle de la disputa en un tête à tête muy sui géneris…

–Lo ves, el idiota de Jorge está hablando consigo mismo como si estuviera acompañado –le dice la una a la otra.

–No es idiota, hermanita. ¡Está como un cencerro!

–Mira, mira. Ya se levanta. Y se pone hecho un basilisco maldiciendo a la pared.

–Ahora coge un cuchillo jamonero y amenaza al árbol de Navidad como si fuera una persona.

–¡Fíjate! Gira hacia la mesa y pasa la mano por el respaldo de una silla, como si estuviera acariciando a una niña.

–Todas las Nochebuenas hace lo mismo…

–¡Míralo…! Ya se pone el abrigo y la bufanda de cuadros. Agita la mano como si se despidiera de alguien…

–Y así seguirá hasta llegar al cementerio.

–Volverá en una hora, para variar. Después, recobrará su ostracismo y acumulará todos los desperdicios hasta las próximas fiestas.

–Nuestro vecino es un Diógenes muy especial. Una semana antes de Navidad limpia toda la casa y se acicala a la espera…

–Sí. Espera a su esposa y a su hijita, como si el tiempo no hubiera pasado.

–¡Ya te digo! Hace tres décadas que sus Cármenes se marcharon en ese Clio azul que se despeñó por la carretera.

–¡Pobrecillo! La verdad es que me da un poquito de pena.

–A estas alturas, ¡me la pela! Nunca me cayeron bien: ni él ni ellas.

–¡Dios mío, qué viejas somos! Nos hemos convertido en unas urracas que espían a todo el vecindario. Jijijiii…

–Je, je (más risas).




Esa fue la última Navidad de las chismosas oficiales del vecindario. Había nevado más que de costumbre; salieron tras Jorge para cebarse de su esquizofrenia fantasmal, y dos estalactitas del tejado se incrustaron en sus cabezas. El sepelio sería de lo más sencillo; nadie las echaría de menos. Una corona sin nombre, acompañaría los ataúdes. La dedicatoria luctuosa, rezaría: “No es bueno reírse de lo ajeno”. A Jorge no le importó en absoluto toparse con dos nuevos espectros; siguió su camino hasta el cementerio. Sus Cármenes, iban delante.

En la puerta del Campo Santo la hijita preguntó:

–¿Papito, te vienes con nosotras?

Carmen le dio un sopapo en el cogote:

–Te he dicho una y mil veces, que tu papi no te quiere. De lo contrario, ¿cómo iba a dejar que se ensuciara tu vestido nuevo?

El rostro de la hermosa mujer, en carne viva, sonreía macabro. Jorge se despidió de Carmencita…

–Mi querida pequeñina, yo no sabía que tú irías con mamá.

–Si de verdad me quisieras, me acompañarías –susurró Carmencita, afligida, moviendo la cabeza; los tirabuzones rociados de sangre salpicaron el abrigo de Jorge.

La Parca lo miró cizallando los copos de nieve; las órbitas oculares vacías. La túnica azabache deslizándose entre los panteones.

–Todavía no, cielito. Todavía no. Quizás el año próximo… Pero recuerda: Vuelve por Navidad.

El rostro hueco de la pequeña, sonrió. Su cuerpo calcinado se descompuso y cruzó el umbral con barrotes de forja. Jorge las vio desaparecer entre nichos marmóreos y cruces sacras. Regresó a casa renqueando. Al observar su reflejo, lloró de amargura: no conocía al anciano marchito que veía en el espejo.



©Anna Genovés
12/12/2017
Todos los derechos reservados a su autora


Christmas Metal Songs - We Wish You a Merry Christmas [Heavy Metal Version Cover] - Orion's Reign

Vuelve por Navidad

by on 19:19:00
Vuelve por Navidad Jorge estaba terminando de poner la mesa con un mantel cobrizo repleto de paquetes de regalo y guirn...




Tocamientos intelectuales


Ha llegado a mis manos un artículo publicado hace tiempo, puede que vosotros lo hayáis leído de antemano, que me ha dejado traspuesta después de examinarlo de ‘pe a pa’ e investigar sobre el asunto…

En Google podéis encontrarlo con diferente rotulación y pareceres –según el periodista o la revista que le haya dado forma.

Un desagradable episodio sobre Pablo Neruda en el que se afirma que violó a una joven nativa para más tarde revelarlo en sus memorias: Confieso que he vivido. Y que muchas personas, tergiversando las palabras, conocen como Confieso que he violado.


No se debe pasar por alto, ni de él ni de nadie, cuando existe violencia machista de por medio. Si bien, tampoco debemos juzgar el pasado con los ojos del presente. Por este motivo, os invito a leer estos dos artículos de entre todos los que he ojeado. El primero escrito por una feminista. El segundo por Luna Miguel; una periodista bastante objetiva.

Desde mi humilde punto de vista, lo terrible es que actualmente sigan sucediendo asuntos parejos. Nadie, por mucho poder que tenga o muy estrellita que sea, tiene derecho de pernada cuando la mujer se niegue a tener sexo.

En la revista Play Ground,  Luna Miguel muestra una crónica objetiva y con conocimiento de causa. Recomiendo su lectura: ¿Por qué sí es importante hablar de la violación de Pablo Neruda?


En el lado opuesto, la revista CLTRACLCTVA, con un producto titulado: El día que Pablo Neruda violó a una joven. Noticia escrita por Carolina Romero.


El párrafo en cuestión, extraído de la página 44 del libro Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, dice así:




SINGAPUR

…“La verdad es que la soledad de Colombo no sólo era pesada, sino letárgica. Tenía algunos escasos amigos en la calleja en que vivía. Amigas de varios colores pasaban por mi cama de campaña sin dejar más historia que el relámpago físico. Mi cuerpo era una hoguera solitaria encendida noche y día en aquella costa tropical. Mi amiga Patsy llegaba frecuentemente con algunas de sus compañeras, muchachas morenas y doradas, con sangre de Boers, de ingleses, de dravídicos. Se acostaban conmigo deportiva y desinteresadamente.

Una de ellas me ilustró sobre sus visitas a las hummerie. Así se llamaban los bungalós donde los grupos de jóvenes ingleses, pequeños empleados de tiendas y compañías, vivían en común para economizar alfileres y alimentos. Sin ningún cinismo, como algo natural, me contó la muchacha que en una ocasión había fornicado con catorce de ellos.

—¿Y cómo lo hiciste? —le pregunté.

—Estaba sola con ellos aquella noche y celebraban una fiesta. Pusieron un gramófono y yo bailaba unos pasos con cada uno, y nos perdíamos durante el baile en alguno de los dormitorios. Así quedaron todos contentos.

No era prostituta. Era más bien un producto colonial, una fruta cándida y generosa. Su cuento me impresionó y nunca tuve por ella sino simpatía. Mi solitario y aislado bungaló estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.

Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.

El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba. Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa. Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado.

Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.

Un mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua.


Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.

Me costó trabajo leer el cablegrama. El Ministerio de Relaciones Exteriores me comunicaba un nuevo nombramiento. Dejaba yo de ser cónsul en Colombo para desempeñar idénticas funciones en Singapur y Batavia. Esto me ascendía del primer círculo de la pobreza para hacerme ingresar en el segundo. En Colombo tenía derecho a retener (si entraban) la suma de ciento sesenta y seis dólares con sesenta y seis centavos. Ahora, siendo cónsul en dos colonias a la vez, podría retener (si entraban) dos veces ciento sesenta y seis dólares con sesenta y seis centavos, es decir, la suma de trescientos treinta y tres dólares con treinta y dos centavos (si entraban). Lo cual significaba, por de pronto, que dejaría de dormir en un catre de campaña. Mis aspiraciones materiales no eran excesivas. Pero ¿qué haría con Kiria, mi mangosta? ¿La regalaría a aquellos chicos irrespetuosos del barrio que ya no creían en su poder contra las serpientes? Ni pensarlo. La descuidarían, no la dejarían comer en la mesa como era su costumbre conmigo. ¿La soltaría en la selva para que volviera a su estado primitivo?

Jamás. Sin duda había perdido sus instintos de defensa y las aves de rapiña la devorarían sin advertencia previa. Por otra parte, ¿cómo llevarla conmigo? En el barco no aceptarían tan singular pasajero. Decidí entonces hacerme acompañar en mi viaje por Brampy, mi boy cingalés. Era un gasto de millonario y era igualmente una locura, porque iríamos hacia países —Malasia, Indonesia— cuyos idiomas desconocía Brampy totalmente. Pero la mangosta podría viajar de incógnito en el cafamaum del puente, desapercibida dentro de un canasto. Brampy la conocía tan bien como yo. El problema era la aduana, pero el taimado Brampy se encargaría de burlarla. Y de ese modo, con tristeza, alegría y mangosta, dejamos la isla de Ceilán, rumbo a otro mundo desconocido.

Resultará difícil entender por qué Chile tenía tantos consulados diseminados en todas partes. No deja de ser extraño que una pequeña república, arrinconada cerca del Polo Sur, envíe y mantenga representantes oficiales en archipiélagos, costas y arrecifes del otro lado del globo.

En el fondo —explico yo— estos consulados eran producto de la fantasía y de la self—importance que solemos darnos los americanos del Sur. Por otra parte, ya he dicho que en esos sitios lejanísimos embarcaban para Chile yute, parafina sólida para fabricar velas y, sobre todo, té, mucho té. Los chilenos tomamos té cuatro veces al día. Y no podemos cultivarlo. En cierta ocasión se produjo una inmensa huelga de obreros del salitre por carencia de este producto tan exótico. Recuerdo que unos exportadores ingleses me preguntaron en cierta ocasión, después de algunos whiskies, qué hacíamos los chilenos con tales cantidades exorbitantes de té.

—Lo tomamos —les dije.

(Si creían sacarme el secreto de algún aprovechamiento industrial, sentí decepcionarlos.) El consulado en Singapur tenía ya diez años de existencia. Bajé, pues, con la confianza que me daban mis veintitrés años de edad, siempre acompañado de Brampy y de mi mangosta. Nos fuimos directamente al Raies Hotel. Allí mandé lavar mi ropa que no era poca, y luego me senté en la veranda. Me extendí perezosamente en un easychair y pedí uno, dos y hasta tres ginpahit. Todo era muy Sommerset Maugham hasta que se me ocurrió buscar en la guía de teléfonos la sede de mi consulado. No estaba registrado, ¡diablos! Hice en el acto un llamado de urgencia a los establecimientos del gobierno inglés. Me respondieron, después de una consulta, que allí no había consulado de Chile. Pregunté entonces referencias del cónsul, señor Mansilla. No lo conocían.

Me sentí abrumado. Tenía apenas recursos para pagar un día de hotel y el lavado de mi ropa. Pensé que el consulado fantasma tendría su sede en Batavia y decidí continuar viaje en el mismo barco que me trajo, el cual iba precisamente hasta Batavia y todavía estaba en el puerto. Ordené sacar mi ropa de la caldera donde se remojaba, Brampy hizo un bulto húmedo con ella, y emprendimos carrera hacia los muelles.

Ya levantaban la escalera de a bordo. Jadeante subí los peldaños. Mis ex compañeros de viaje y los oficiales del buque me miraron sorprendidos. Me metí en la misma cabina que había dejado en la mañana y, tendido de espaldas en la litera, cerré los ojos mientras el vapor se alejaba del fatídico puerto.

Había conocido en el barco a una muchacha judía. Se llamaba Kruzi. Era rubia, gordezuela, de ojos color naranja y alegría rebosante. Me dijo que tenía una buena colocación en Batavia. Me acerqué a ella en la fiesta final de la travesía. Entre copa y copa me arrastraba a bailar. Yo la seguía torpemente en las lentas contorsiones que se usaban en la época. Aquella última noche nos dedicamos a hacer el amor en mi cabina, amistosamente, conscientes de que nuestros destinos se juntaban al azar y por una sola vez. Le conté mis desventuras. Ella me compadeció suavemente y su pasajera ternura me llegó al alma.

Kruzi, por su parte, me confesó la verdadera ocupación que la esperaba en Batavia. Había cierta organización más o menos internacional que colocaba muchachas europeas en los lechos de asiáticos respetables. A ella le habían dado opción entre un marajá, un príncipe de Siam y un rico comerciante chino. Se decidió por este último, un hombre joven pero apacible.

Cuando bajamos a tierra, al día siguiente, divisé el Rolls Royce del magnate chino, y también el perfil del dueño a través de las floreadas cortinillas del automóvil. Kruzi desapareció entre el gentío y los equipajes.

Yo me instalé en el hotel Der Nederlanden. Me preparaba para el almuerzo cuando vi entrar a Kruzi. Se echó en mis brazos, sofocada por el llanto.”…

(1) Los Parias (o Dalits), son el eslabón más bajo del sistema de castas de la India. Según las creencias hindúes, son personas que no pertenecen a ninguna casta. A los parias solo se les permite realizar trabajos marginales, y son frecuentemente víctimas de crímenes como asesinatos, linchamientos o violaciones.

(2) No una persona, no un igual.

(3) A Neruda no parece importarle lo que pensaba o quería ella de él.

(4) Para tener sexo con ella.

(5) No le sonrió, no buscó gustarle, ni comunicarse con ella de alguna forma. Solo se asegura de que a ella no le queden dudas.

(6, 7 y 8) ¿Consentimiento?

(9) “Soy un loquillo”.

Cada cual que opine según le dicte su moral…

Él, lo confesó en sus memorias. Quizá demasiado poder para tanta juventud.

©Anna Genovés
18/12/2017






Pablo Neruda - Me gustas cuando callas









Cuchillo y tenedor

El tiempo corta la vida con cuchillo y tenedor

El tenedor te clava a la cruz, el cuchillo te parte en dos: el pasado consumido y el adiós. La sangre vieja supura miedo. Los ojos gachos, La dama de la hoz. Tristeza entre girasoles, amor en el rincón. Lágrimas sin agua, piel sin calor.



El tiempo corta la vida con cuchillo y tenedor

No gires la cabeza y te conviertas en Lot. No mires el horizonte de alienígenas o quizás de un Mad Max II. Vive el presente, el hoy. Blande tu espada sobre la cabeza de un cisne negro; el lago grita miserias. El fondo es un légano de arenas movedizas. Agujero eterno, mentiras entrelazadas en un paso a dos.




El tiempo corta la vida con cuchillo y tenedor

Siéntate a la mesa. Degluta manjares. Olvida pesares. Olvida el olvido. Olvida el miedo al dolor. Matrioska diluida en alcohol. Muñeca rusa que se abre de nuevo. Espejismo mancillado por la verdad y el horror.



El tiempo corta la vida con cuchillo y tenedor

No te mientas a ti mismo, eres lo que has sido. Lo que nunca quisiste. Lo que odiabas en otros. El retrete manchado de excrementos. Pantalones caídos. Piel arrugada. Huesos de cristal. Órganos encogidos. Cerebro hueco. Hastío. Dolor.



©Anna Genovés
11/11/2017


Blonde Redhead - For The Damaged




Cuchillo y tenedor

by on 16:16:00
Cuchillo y tenedor El tiempo corta la vida con cuchillo y tenedor El tenedor te clava a la cruz, el cuchillo te parte en ...


Vera Carmona: Absolutely Atomic

Hace unos meses, por casualidad, vi un tráiler de Atomic Blonde (Atómica interpretada por Charlize Theron), y le dije a mi marido como una quinceañera azorada:

–Acabo de ver el tráiler de una película de Charlize Theron que sale de espía y me ha recordado un montón a mi Vera Carmona –la prota de las novelas Tinta amarga y Las cicatrices mudas—. Dime que me llevarás a verla, ¡por favorrrr…!!!

–Bueno, ya veremos –me contestó sin dejar de mirar el fútbol.

O sea, como si no le hubiera dicho nada, pensé de inmediato.

–Lo tengo claro –comenté por lo bajini con el morro torcido.

Poco después, llegaron las primeras críticas e insistí…

–¿Te acuerdas de la película de Charlize Theron que quiero ver? –le pregunté mientras enviaba un WhatsApp a un amigo.

–¿Qué, qué…??? –interpeló como si le hablara en chino.

–Nada hombre. Toma lee tú mismo –le solté un poco cabreada.

Le metí la revista Fotogramas, literalmente, por la nariz. Él hizo un respingo para mandarme a tomar por viento. Pero, justo en ese instante, vio a la guapísima actriz en todo su esplendor y se quedó boquiabierto.

Lo vi cómo devoraba el artículo de ‘pe a pa’. Le dejé que admirase con detenimiento las curvas del bellezón, emocionada; estaba segura que iba a conseguir mi propósito, lo demás no importaba. Cuando acabó, volví al ataque, un tanto dulzona.

Ciertamente, gané la partida.

Ayer fuimos a ver la dichosa película que me tenía hipnotizada y… ¡nos lo pasamos en grande!

Los pensamientos de mi compañero escapan un tanto a mi raciocinio. Tampoco me importan demasiado, no voy hacer como en algunas redes sociales o en ciertos grupos que corean ser los más progresistas, para luego estar llenos de perjuicios y opresiones. No. 'La Genovés' pretende ser una persona tolerante y respetuosa. Y, por lo general, logro mi empeño. Algo que me sienta bien; por lo menos estoy en paz conmigo misma.

A lo que iba… Atomic Blonde, me gustó un montón. Fuera porque me agradan las chicas duras, por la música remembre de los 80 que suena durante todo el film, por el vestuario de un pasado perdido en la memoria, por el magnífico elenco de actores, o, simplemente, porque Charlize es una espía despiadada, explosiva, letal, sensual y feminista, capaz de introducirse en cualquier personalidad, por heterogénea o depravada que pueda ser, para conseguir su finalidad. Y que, además, piensa: “Si ellos pueden, nosotras también".

Es obvio que me recordó un montón al personaje principal de los neo-noir que están de PROMO en Amazon durante este mes de octubre de 2017. El escenario y la trama, nada tienen que ver; en Atomic blonde hay alemanes, rusos y americanos. En Tinta amarga y Las cicatrices mudas: españoles, árabes, rusos y americanos, entre otros figuras que pululan por el lumpen cañí Made in Spain.

Atomic blonde se basa en un suceso político-histórico. Mis novelas en hechos ficticio-mafiosos. Pero ella, Lorraine Broughton (Atómica), física y mentalmente, se parece muchísimo Vera Carmona, la protagonista de Tinta amarga y Las cicatrices mudas.

Si me preguntáis cuál de los dos neo-noir de mi cosecha me agrada más, no tengo ninguna duda. Contestaré: Las cicatrices mudas. ¿Por qué? Porque tiene mejor factura.

Por este motivo, quiero compartir con vosotros el inicio de la misma...




ANNA GENOVÉS
Las cicatrices mudas

Copyright © 2015 Anna Genovés
Todos los derechos reservados a su autora
Autora: Anna Genovés
Título: Las cicatrices mudas
Serie: Thriller neo-noir (volumen 2)
Propiedad Intelectual
V ― 489 ― 14
ISBN-10: 1517129850
ISBN-13: 978-1517129859
ASIN: B014OGOI3K




Dedicado a Jon Alonso,
amigo, compañero y esposo

«La guerra es la mejor escuela del cirujano».

Hipócrates



Sobre los personajes

Vera Carmona, la Espía, es una agente del CNI en la reserva que ha trabajado como infiltrada en diversas misiones internacionales. En la última, llamada Operación Tatuador u OT, actuó con diversos cuerpos de la ley para desmantelar una red de tráfico de drogas y pornografía en la que estaba implicado el comisario del CNP, Antonio Velasco. Días antes de comenzar la última fase, es víctima de un atentado en el que, tanto ella como su hija, sufren lesiones graves; la vida de ambas corre peligro. Por este motivo, cambian de identidad y viven en el anonimato. Públicamente, han fallecido.

Juan Utrera es un ex agente de asuntos internos, cooperante del CNI con un futuro prometedor. Misión: atrapar a los policías corruptos. Tras la supuesta muerte de Vera Carmona, compañera y amante, es reubicado en la comisaría de Sevilla-Centro como oficial de la sección de Homicidios y Desaparecidos. Cercano a la cincuentena, es un inspector que ha cambiado su ojo de lince por una silla con ruedas giratorias tras el escritorio. Tiene buena mano para descubrir a rateros de poca monta y habla de tú a tú con todo tipo de traficantes.

Carlota Vera Mojón Carmona, hija de La Espía y Manuel Mojón, es una muchacha osada, resignada e inteligente, educada por su abuela al margen de la ocupación materna. Al descubrir la verdad, tras el atentado en el que estuvo a punto de morir, comienza una nueva vida. Con su nueva documentación accede al CNI y suplanta el rol de La Espía. En una de sus primeras misiones, se infiltra en la última fase de la OT en Qatar con el nombre de Tania Pérez. Finalizado el trabajo, le quedan unas semanas para regresar a España.

Antonio Velasco es un personaje oscuro y violento. Chico de los recados de mafiosos y delincuentes. Ahijado de un capo sevillano de los 60 que lo introdujo en el CNP para su beneficio. A falta de descendencia, ocupó su lugar después de su muerte. En la década siguiente, amplió el círculo delictivo hasta Asia. Veinte años después, se convirtió en el comisario más corrupto y poderoso de España. La Espía descubrió el entramado ilegal de sus negocios; razón por la que intentó asesinarla en el atentado que cambió su vida para siempre. Actualmente, en paradero desconocido.



1

Tania Pérez está mirando la excelsa panorámica de Doha desde el ático de la suite privé del Doha Marriott Hotel. Las cortinas están recogidas y una luna mayestática ilumina el golfo Pérsico; los yates del puerto deportivo, los rascacielos iluminados, y, en el fondo lejano e invisible donde solo su imaginación reside, la antigua Persia. Desde el sur de Irán, traza una línea imaginaria y recta que atraviesa Pakistán e India hasta llegar a China. Con los pensamientos centrados en el lejano Oriente, se enciende un Virginia Slims, y se recuesta sobre el confortable diván de brocado grana. Un folio de tonalidad cáscara de huevo con el encabezado del hotel, junto a una estilográfica Marte de Omas, reposan sobre sus piernas. Las volutas de humo se convierten en pequeños círculos que ascienden hasta el techo. Cuando acaba el pitillo, coge la pluma y comienza a escribir una carta:

Madre:

Espero que estés bien, aunque desconozco por qué te lo pregunto, siempre me contestas: «Mejor que nunca, hija.» Nunca me lo creo, claro. Bueno, tú misma. Estoy entrado en una fase vital; ciertamente, he decidió retirarme. El CNI me ha propuesto que sea instructora de los nuevos cachorros, pero necesito un cambio radical... En unas semanas, regresaré a España. La última fase de la misión que tú comenzaste en Sevilla, está a punto de finalizar en Qatar. Estoy segura que la península arábiga es solo una pieza del gran puzle que mueve el tráfico ilegal desde el Pacífico al Mediterráneo. Y desde nuestro país, al resto del mundo. La Operación Tatuador seguirá en China bajo el nombre de Operación Dragón u OD, ya sabes que siempre utilizamos acrónimos para mencionarlas. Pero yo no estaré implicada. Enviarán a otro agente al verdadero centro neurálgico: Shanghái. Desde esa monstruosa ciudad, se manejan todos los hilos.

Por otro lado, ya sabrás que me he separado. Mi ex marido es solo un vividor adicto a la cocaína, el alcohol y, cómo no, a las jovencitas; ambas sabíamos que era un matrimonio de convencía ex profeso para vigilar Qatar de cerca. Sea como fuere, he vivido a cuerpo de reina en un país sexista y ultra religioso, que únicamente mira a Occidente para su conveniencia: somos los idiotas que les proporcionamos algo más del 10% del producto interior bruto en turismo. Además, los cataríes son depravados y pretensiosos: los amos del petróleo; no los aguanto. No hace falta que me preguntes si he visto algún miembro yihadista entre los círculos aristocráticos en los que me he movido. La respuesta es rotunda: no.

De repente, suena el móvil de Tania. Al mirar el número, tuerce el morro: responde al nombre de Lucía Bvlgari, pero en realidad, es el CNI. Minutos después, recoge sus enseres y se marcha de la suite. Guarda la carta sin acabar en un compartimento especial donde está la copia del diario de su madre, y otras notas: todas destinadas a su progenitora. Mensajes comprometidos que una agente secreto nunca debería redactar. Ella lo ha hecho, pero nunca las ha enviado.

******

Sigue leyendo Las cicatrices mudas 


Similitudes entre Lorraine Broughton, la espía de Atomic Blonde y Vera Carmona, la espía de Tinta amarga y Las cicatrices mudas.





Ya lo veis: el paralelismo está servido.

Lo sé, soy gilipollas. Creo que, a lo mejor, algún día, un facundo director o guionista con cierta notoriedad en el mundo del folclore pata negra, puede leer mis noveluchas por casualidad, y decir: “Si la customizamos para la pequeña o gran pantalla, tenemos una Lorraine Broughton sevillana.

Bueno, como dice el refrán: “De ilusión también se vive”.

Estáis invitados a leerlas... para bien o para mal, no os dejarán indiferentes y os entretendrán un buen rato. Igual hasta os lleváis una grata sorpresa. Gracias.

Tinta amarga y Las cicatrices mudas de PROMOCIÓN en Amazon hasta final de mes. Echarles un vistazo y opinad vosotros mismos…

Enlace Tinta amarga





David Bowie - Cat People (Sub. Español)








Promoción novelas Tinta amarga y Las cicatrices mudas

En octubre Amazon celebra el mes de los escritores independientes. Por este motivo, contactan con los autores cuyos libros digitales tienen cierta repercusión…, para saber si les gustaría participar en dicha festividad con los eBook que han elegido. El autor tiene que dar su consentimiento de venta con un 50% u 80% de descuento del precio habitual.

Ni soy ni me considero una escritora de primera fila; es más, mis ventas son pírricas. Sin embargo, sé que todas mis novelas están hackeadas.

En fin, Amazon me pidió participar y ahí están los dos libros de la colección neo-noir por tan solo 0’99€. No lo pedí yo. Me lo pidieron ellos. Por algo será... Además, acaban de enviarme otro email par indicarme que foman parte de la selección permanente del mes. ¡Hurra!

Si os apetece leer Tinta amarga o Las cicatrices mudas por tan solo 0.99€ ahora tenéis la oportunidad. La lectura de las primeras páginas es gratuita. Muchas gracias.



                                               Link Tinta amarga desde España




Link Las cicatrices mudas desde España






Link de todas las novelas que tengo publicadas en Amazon


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Kendra Morris "Banshee" (Lyrics Video)




¿Qué hago?


No lo sé






Qué hago con el agua que no llueve

El hielo que no congela

El sol que no calienta

La tierra que no siembra

¿Qué hago?

No lo sé






Qué hago con los ojos que no ven

La boca que no habla

Los oídos que no callan

Las manos que no acarician

Los pechos de la mujer

¿Qué hago?

No lo sé




Qué hago si me besas y no sientes

Si tu glande me penetra sin goce

Si tus niñas no reflejan las mías

Si tu suspiro no me dice: ámame

¿Qué hago?

No lo sé








Qué hago si el mundo se derrumbara

Y me acompaña la tumba

Los cipreses erectos

Las uñas nacaradas de los muertos

Los cabellos al viento

La mentira de la vida en un vaso de café

¿Qué hago?

No lo sé




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©Anna Genovés

22/09/2017


Nothing in my way - Keane (Subtitulado)