El Legado de la Rosa Negra: misterio entre pirámides


Sinopsis de El Legado de la Rosa Negra 

Una joven arqueóloga viaja a Marruecos y Egipto durante unas vacaciones. Tras conocer a un atractivo caballero queda atrapada en un siniestro triángulo que pone en peligro su vida. Motivo por el que regresa a España.  Años después, vuelve al país de las pirámides para investigar un linaje antiquísimo. En el transcurso de su misteriosa búsqueda, descubrirá un legado que cambiará el destino de la Humanidad junto a otros atrayentes y místicos descubrimientos que se remontan al principio de los tiempos. 

El Legado de la Rosa Negra es una novela de ficción histórica repleta de enigmas y pinceladas de romanticismo, con una trama perfectamente hilvanada y una resolución fascinante; dividida en tres apartados: el idilio, el periodo intermedio y el descubrimiento de enigmas.

El Legado de la Rosa Negra está narrada en primera persona y tiene unas descripciones tan minuciosas que enganchan desde la primera página. Su protagonista, Eva Lagos, mujer hermosa e insegura, utiliza sus sentimientos ambivalentes para enfrentarse al mal, recuperar su libertad y descifrar enigmas de un antiquísimo linaje cuyos orígenes se remontaban al Egipto faraónico de Ramsés II, el Grande. Una novela especial e hipnótica que sumerge al lector en un escenario fabuloso e irrepetible.

Sobre la autora

Anna Genovés es diplomada en Magisterio, licenciada en Historia Antigua y en Arqueología-Prehistoria por la Universidad de Valencia. Desarrolló gran parte de su trayectoria profesional trabajando como Profesora de Sociales y/o monitora de Gimnasia Rítmica y Deportes, en diferentes IES de la Comunidad Valenciana. Así mismo, trabajó en RTVV. Mientras cursaba los estudios universitarios, ejerció como encargada de moda. Escribe desde la infancia, tiene publicadas en Amazon (formato e-book y papel)  las novelas Tinta amarga, Las cicatrices mudas y El Legado de la Rosa Negra. Amén del libro de relatos La caja pública |relatos y el poemario Pasillos nocturnos. Asimismo, tiene editados diversos trabajos en ISSUU: poemas sueltos y el poemario Muñeca rota. Igualmente, ha trabajado en distintas publicaciones editoriales (en narrativa: Bovary 21 y Cachitos de amor II. En poemarios: Aldea poética VI,  Underground girl II, Zona Muerta...). Es Redactora Jefe de las secciones Historias Cotidianas y Cocina Cotidiana del diario El Cotidiano. Colabora o ha colaborado en diversas plataformas digitales: Canal Literatura, Revista Dos disparos, El arte de la costura, Portal erótico Pasionis... En 2011, fue finalista del Certamen Literario Clave de microrrelatos, y dos de sus poemas fueron seleccionados para publicarse en 2013.

Las cicatrices mudas, es la segunda novela de la serie thriller neo-noir de la autora. Tinta amarga es la primera obra literaria de esta colección saga. 

Pasillos nocturnos es el primer poemario que Anna edita.
Puedes seguir a la autora desde su web Memoria perdida blog de Anna Genovés.









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Enlace de todas las publicaciones de Anna Genovés en





©Anna Genovés
Enero 2015



Ella Fitzgerald: Love For Sale
(subtitulada)


                       








Sin lágrimas



No quedan lágrimas para llorar
amor para besar
ilusión por mirar el cielo



No quedan lágrimas para llorar
odio o dolor
rencor que perdone celos



No quedan lágrimas para llorar
ira  por desamor incierto
palabras de cuentos



No quedan lágrimas para llorar
voces que olviden penas
lucha de muertos



No quedan lágrimas para llorar
sable afilado
oculto en agujero



No quedan lágrimas para llorar
mujer ausente
hielo en desierto



No quedan lágrimas para llorar
valquiria deseada
flor de otoño muriendo



No quedan lágrimas para llorar
fémina ansiada
soplo de viento



No quedan lágrimas para llorar
la  vida se acaba
flores en cesto



No quedan lágrimas para llorar
mente enferma
que traslúcida, vomita miedo




©Anna Genovés
Todos los derechos reservados a su autora
Modificación 25/01/2015
Propiedad intelectual
V – 490 -14



The Cure - Boys Don't Cry
(Subtítulos español)





                                                        

Sin lágrimas

by on 17:17:00
Sin lágrimas No quedan lágrimas para llorar amor para besar ilusión por mirar el cielo No quedan lá...






Kafka



El día que puse el primer ladrillo transparente alrededor de mi cuerpo, desconocía que una mañana despertaría completamente aislada del mundo.

Sí. Me he convertido en un ser apartado, que existe por y para sus personajes. Quiero decir: “el mundo evoluciona a la par que, un universo paralelo, se teje en mis entrañas”.

Las pasiones han pasado al olvido; no siento igual que antes. Veo la caja tonta y razono que Matrix cohabita en un lugar apartado de mi presente.

Mi hoy fluye sin sentimientos, o mejor todavía, la sensibilidad queda grabada en las frases que componen cada uno de mis escritos, poemas, metapensamientos y novelas.

He creado una vida al margen de la sociedad que quiere invadir mi organismo como alienígenas de otro planeta. Los murmullos de las personas me parecen atronadores. Las miradas furtivas; acoso de perdedores. Las calles abarrotadas, porciones de queso azul pútrido. Las sonrisas almibaradas, reflejos de fariseos. Las muestras de cariño, compasión o recelo.

Mi interior se debate como lo hizo el de Kafka. Trasmuta en algo desconocido que ni yo misma soy capaz de comprender. El Sr. Hyde que anida en mi cosmos desea tañer las campanas. Incrustar un cuchillo en el abdomen de alguien. Dispararse en la sien.

Soy mamífera pero podría llegar a ser ovípara. Alterar mis células y otorgarles la potestad de reproducirse a sí mismas mediante un óvulo nutrido por mi sangre. Esa sensación de omnipotencia efímera, insufla mi psique.

Vegeto a diario entre el techo que me cubre y el armazón fronterizo que se ciñe a mis músculos y trabaja mi organismo. Sin embargo, al margen de potenciar mi fuerza, también aumenta mi razón. Discernir entre lo que deseo o lo que no. Lo insignificante y lo que tiene mi perdón.

Nadie está en posición de juzgar al vecino porque cada cual tiene sus razones. Si no tecleo, me falta la vida; el corazón se rompe en astillas. Si tú no devoras comida, ruges como el león sin carne entre los dientes. Y si aquel no acaricia a su mascota, llora como un chiquillo a quien le quitaron su juguete.

El silencio y la soledad son la única forma de existencia. El alma no finge. Necesita separarse de la materia. Precisa sentir la esencia de la verdad. Sea, ésta, funesta o pura. Trasgresora o evolucionista. Pusilánime o victoriosa. Carnal o mística.




©Anna Genovés
01/01/2015
Todos los derechos reservados a su autora
Imagen tomada de la red



Buddy Rich rudiments



                                                  

Kafka

by on 18:18:00
Kafka El día que puse el primer ladrillo transparente alrededor de mi cuerpo, desconocía que una mañana despertaría...









El adiós


Anciana marchita y decrépita, enjuta y perversa; ojos velados por las vergüenzas.  Corazón de piedra y aliento de fécula.


Biblioteca andante cuyos volúmenes se empobrecen con el polvo de años, días y meses. Verdades a medias. Mentiras huecas.


Recuerdos que abarcan un siglo de existencia; energía plena. La historia de muchas vidas. La muerte de muchas penas.


Paseaste en un camión del ejército con la mirada llena de tristeza; granadas en cinto. Luchaste en dos guerras y apagaste voces para comer.


Tu fuerza se evapora con el silbido del viento. La lluvia de las nubes. Las palabras de un verso. El beso de un niño o el amor de un bebé.


Diste el consentimiento de quedarte muda y ciega; harta de la vida y el perdón, te hundes en el sillón que llevas a cuestas.


Pasas de comer, de andar y hasta del aire que tienes cerca. Tus pulmones se ejecutan entre balas y velas. Tus riñones filtran ciénagas. Tu motor no bombea.


En algún momento de lucidez, brillan tus ojos de gata vieja. Sin embargo, prefieres olvidar tu pasado apócrifo. Dormir el sueño eterno; suplicar venia.


Intestinos que no vacían; entrañas llenas. Demasiados horrores sobre el lomo. La parca llama a tu puerta: el último toque está cerca. El Campo Santo, espera.


Adiós, alma mortificada. 


Adiós, muñeca de cera.




©Anna Genovés 
12/12/2012

Modificación 11/01/2015
Todos los derechos reservados a su autora
Propiedad Intelectual V-490-14
Imagen tomada de Internet




Bauhaus - Bela Lugosi´s Dead (subtitulada)


                                                            

El adiós

by on 19:19:00
El adiós Anciana marchita y decrépita, enjuta y perversa; ojos velados por las vergüenzas.  Corazón de piedra ...





Leia y Darth Vader


Leia. 5 de enero de 2015, 21:12h p.m.

Carla está perfilando sus labios frente al espejo del tocador en un tono cereza. Al igual que las uñas largas de sus manos; afiladas y gruesas de las que pueden arrastrarse por la piel y dejar rasguños como las gatas.

Su rostro es un pequeño museo. Base de maquillaje, corrector de ojeras, sombra de ojos, kajal, coloretes y un largo etcétera. No le falta detalle. Lleva un minivestido negro ceñido a su voluptuoso cuerpo; un guante de satén hecho a la medida, con un escote vertiginoso. Tacones vintage de aguja y medias con costura. Parece una dominatrix preparada para una sesión sado. El toque final son unas cuantas gotas de la vainilla sintética más sofisticada del mercado: Shalimar de Guerlain.

Camina unos pasos y se abriga con un chaquetón de astracán heredado de su madre. Acicalada, sale del cuarto y echa una ojeada al excelso salón con decoración navideña. Recoge un paquete que está bajo el pomposo abeto  con el nombre de Marc y recorre un largo pasillo. Los acordes musicales que John Willian hizo para La Guerra de las Galaxias, subidos de tono, le hacen torcer el morro. Se acerca a una puerta y la golpea con la puntera…

–Marc, baja la música, por favor.  Está demasiado alta. Además, te he traído tu regalo de Reyes –deja el envoltorio en el suelo—. Voy a la cocina a por tu cena. Cuando venga, quiero que todo esté en orden.

El volumen sube de tono.

–¡Joder, hermanito! ¡Te he dicho que bajes la música! ¡Me tienes hasta las narices! –dice gritando.

La música se eleva más.

–¡Cómo quieras! Me voy a una rave party muy chic. No sé cuando volveré ni cómo. ¡Vete a la mierda! ¡Aquí te dejo tu puto regalo!

Resopla y saca aplomo. Sale de la casa sinuosa como una cobra negra.




Darth Vader. 5 de enero de 2015, 21:12h p.m.

Marc sube la música y abre su monitor Samsung. Minutos después, está jugando a Star Wars: El Poder de la Fuerza. Los ojos fruncidos y maquinales. La boca escupe unas gotas de espuma babeante por las comisuras. Está, literalmente, enajenado al margen de cualquier realidad circundante. Se cree el pupilo secreto de Darth Vader; con este extravagante pensamiento, las estructuras que le rodean, animales de silicona, plantas de elastómero y comics apilados… adquieren formas inusuales. De repente, se ve teletransportado a Coruscant (la mismísima capital de la República Galáctica). Se quita las gafas y arruga los párpados.

¡Por fin estoy dentro de mi fantasía! Un universo paralelo en el que La Guerra de las Galaxia se torna realidad. No escucho ruidos ensordecedores, ni voces agudas o rumores desagradables que me provocan unos interminables acufenos. Sólo hay Jedis, ewok, geonosianos o los depredadores de costumbre. Por lo tanto, no tomaré Gominolas de colores ––se dice a sí mismo.

De Inmediato, abre su pastillero y lo tira contra la pared. Un sinfín de cápsulas de distintos colores (como el mismísimo estallido del Big Bang) caen desparramadas delante de sus ojos y terminan por estrellarse en el suelo.

–¡Ahora te demostraré lo que valgo, puto wampa! ¡Ya no soy Anakin. Soy el mismísimo Darth Vader! –se encara al Lego amenazante de doble cornamenta y dientes puntiagudos.

Se escucha un rugido. Marc se levanta y desenfunda su espada de luz antes de emprenderla con todo bicho viviente en un enzarzado combate contra las fuerzas del bien. Horas más tarde, está sentado en el suelo, agotado. Al borde de un colapso. Los acordes de Williams son un susurro. Sus recuerdos se difuminan en el bulbo raquídeo, y, a medida que pasa el tiempo, se convierten en meros fotogramas en los que realidad y ficción convergen.




Leia. 6 de enero de 2015, 21:12h p.m.

Carla regresa haciendo eses. Los ojos abiertos como platos, la boca pastosa; la fragancia a litrona supura por todos los poros de su organismo y, los efectos secundarios de los estupefacientes que ha ingerido, le confieren un toque maquiavélico. Una sonrisa perenne, que deja entrever sus dientes anegados de nicotina, enmarca su óvalo. Tras varios intentos de introducir la llave en la cerradura: golpea la puerta con la puntera de los zapatos. Se le tuerce un tobillo…

–¡Me caguen la leche! –barrunta antes de chillar como una energúmena—¡Marccc…! –su aullido se apaga, cuando ve que su hermano abre la puerta.

–Vaya. Pero qué guapín vas con ese nuevo trajecito galáctico. Te sienta bien –dice descojonándose de Marc.

Áhaa...áhaaa...áhaaa... –contesta Marc con un sonido gutural.

–Me parto la caja. ¡Serás friki!  –suelta Carla.

Áhaa...áhaaa...áhaaa... –Marc le enseña un paquete.

–Vale lo retiro. Es un regalito. ¡Yupi! –destroza el papel para ver el interior—. ¡Joder macho. Ya está bien! Hace tres décadas que me regalas los mismo: el puto disfraz de la princesa Liea o como se diga…

Carla pone cara de asco.



Darth Vader. 6 de enero de 2015, 21:12h p.m.

Marc escucha un ruido extraño. Sale de su cuarto y abre la puerta principal. Va vestido de Darth Vader. La princesa Leia (Carla) lo espera. La cara desorbitada. El cuerpo ensangrentado como si acabara de huir de una batalla galáctica…

–Hija mía, seas bien recibida. ¿Qué te ha sucedido? –le pregunta con su hálito moribundo y maléfico.

–No me llames así. ¡Nunca seré tu hija! Acabo de librar una batalla contra el mal: tu aliado. Vengo a suplicarte que dejes tu espada y te rindas –contesta Carla.

–¡Eso nunca! Antes la muerte. Como antiguo Jedi, nunca cederé mi arma a nadie –dice Marc.

–Ya está bien. No soy Liea o como se diga…

–Está todo dicho. No quieres pasarte al lado oscuro –concluye Marc antes de acariciar su espada de luz (un cuchillo bien hermoso de utilidad culinaria).

El semblante de Marc –camuflado bajo la máscara de Darth Vader— está desolado.



Leia y Darth Vader. 6 de enero de 2015, 21:21h p.m.

Tras unas palabras, Darth Vader la emprende a machetazo limpio con su hermana. Leia se defiende con su propio sable (los tacones de aguja que lleva puestos). Los clava en la máscara de fibra de vidrio de la compañía Anovos que utiliza Marc como buen cosplay galáctico. Un pequeño surtidor de hematíes brota como un geiser en plena erupción.

La lucha es mortal. Un charco de sangre rodea los cuerpos agonizantes de Carla y Marc.

Áhaa...áhaaa...áhaaa... –dice Marc.

–Hijo puta…  –susurra Carla.

Las hechuras sanguinolentas se apagan poco a poco.


©Anna Genovés
04/01/2015
Todos los derechos reservados a su autora
Imagen tomada de Google


Nueva versión de Leia y Darth Vader modificada para su publicación en Canal Literatura

Carmen y Paco son los últimos eslabones de una familia vallisoletana adinerada, con mucha guita y tradiciones religiosas abigarradas desde antiguo. Pero ellos pasan de todo; han cambiado los capirotes de Nazarenos y los cantos del Miserere por regalos…

Leia. 28 de marzo de 2015, 21:12h p.m.

Carmen está perfilando sus labios frente al espejo del tocador en un tono cereza. Al igual que las uñas largas de sus manos, afiladas y gruesas, de las que pueden arrastrarse por la piel y dejar rasguños como las gatas.
Su rostro es un pequeño museo. Base de maquillaje, corrector de ojeras, sombra de ojos, kajal, coloretes y un largo etcétera. No le falta detalle. Lleva un minivestido negro ceñido a su voluptuoso cuerpo; un guante de satén hecho a la medida, con un escote vertiginoso. Tacones vintage de aguja y medias con costura. Parece una dominatrix preparada para una sesión sado. El toque final son unas cuantas gotas de la vainilla sintética más sofisticada del mercado: Shalimar de Guerlain.
Camina unos pasos y se abriga con un chaquetón de astracán heredado de su madre. Acicalada, sale del cuarto y echa una ojeada al excelso salón decorado con cirios, rosarios y esculturas religiosas, antiquísimas. Recoge el paquete que está bajo una talla barroca de la Virgen María con Jesús Yacente entre sus brazos, y recorre un largo pasillo. Los acordes musicales que John Willian hizo para La guerra de las galaxias, subidos de tono, le hacen torcer el morro. Se acerca a una puerta y la golpea con la puntera…
–Paco, baja la música, por favor.  Está demasiado alta. Además, te he traído tu regalo de Cuaresma  –deja el envoltorio en el suelo—. Voy a por tu cena. Cuando venga, quiero que todo esté en orden.
El volumen sube de tono.
–¡Hermanito! ¡Te he dicho que bajes la música! ¡Me tienes hasta las narices! –dice gritando.
La música se eleva más todavía.
–¡Como quieras! Me voy a una rave party muy chic. No sé cuándo volveré ni cómo. ¡Vete a tomar por viento! ¡Aquí te dejo tu puñetero regalo! –termina por decir, bastante cabreada.
Resopla y saca aplomo. Sale de la casa, sinuosa como una cobra negra.

Darth Vader. 28 de 2015, 21:12h p.m.
Paco sube la música y abre su Mac. Minutos después, está jugando a Star Wars: el poder de la fuerza. Los ojos fruncidos y maquinales. La boca escupe unas gotas de espuma babeante por las comisuras. Está, literalmente, enajenado al margen de cualquier realidad circundante. Se cree el pupilo secreto de Darth Vader; con este extravagante pensamiento, las estructuras que le rodean, animales de silicona, plantas de elastómero y cómics apilados… adquieren formas inusuales. De repente, se ve teletransportado a Coruscant (la mismísima capital de la República Galáctica). Se quita las gafas y arruga los párpados.

¡Por fin estoy dentro de mi fantasía! Un universo paralelo en el que La guerra de las galaxias se torna realidad. No escucho ruidos ensordecedores, ni voces agudas o rumores desagradables que me provocan unos interminables acúfenos. Sólo hay jedis, ewoks, geonosianos o los depredadores de costumbre. Por lo tanto, no tomaré gominolas de colores –se dice a sí mismo.
De inmediato, abre su pastillero y lo tira contra la pared. Un sinfín de cápsulas de colores distintos (como el mismísimo estallido del Big Bang) caen desparramadas delante de sus ojos y terminan por estrellarse en el suelo.
–¡Ahora te demostraré lo que valgo, puto wampa! ¡Ya no soy Anakin! ¡Soy el mismísimo Darth Vader! –se encara al lego amenazante de doble cornamenta y dientes puntiagudos.
Se escucha un rugido. Paco se levanta y desenfunda su espada de luz antes de emprenderla con todo bicho viviente en un enzarzado combate contra las fuerzas del bien. Horas más tarde, está sentado en el suelo, agotado. Al borde de un colapso. Los acordes de Williams son un susurro. Sus recuerdos se difuminan en el bulbo raquídeo, y, a medida que pasa el tiempo, se convierten en meros fotogramas en los que realidad y ficción convergen.

Leia. 29 de marzo de 2015, 21:12h p.m.
Carmen regresa haciendo eses. Los ojos abiertos como platos, la boca pastosa; la fragancia a litrona supura por todos los poros de su organismo, y los efectos secundarios del alcohol y las drogas que ha ingerido le confieren un toque maquiavélico. Una sonrisa perenne, que deja entrever sus dientes anegados de nicotina, enmarca su óvalo demacrado. Tras varios intentos de introducir la llave en la cerradura, golpea la puerta con la puntera de los zapatos. Se le tuerce un tobillo…
–¡Me caguen la leche! –barrunta antes de chillar como una energúmena—. ¡Pacooo…! –su aullido se apaga, cuando ve que su hermano abre la puerta.
–Vaya. Pero qué guapín vas con ese trajecito galáctico nuevo. Te sienta de maravilla –dice descojonándose de Paco.
–Áhaa… áhaaa… áhaaa… –contesta Paco con un sonido gutural.
–Me parto la caja. ¡Serás friki!  –suelta Carmen.
–Áhaa… áhaaa… áhaaa… –Paco le enseña un paquete.
–Vale, lo retiro. Es un regalito. ¡Yupi! –Carmen destroza el papel para ver el interior—. ¡Ya te vale, macho! Hace tres décadas que me regalas lo mismo: el puto disfraz de la princesa Liea o como se diga…
Carmen pone cara de asco.

Darth Vader. 29 de marzo de 2015, 21:12h p.m.
Paco escucha un ruido extraño. Sale de su cuarto y abre la puerta principal. Va vestido de Darth Vader. La princesa Leia (Carmen) lo espera. La cara desorbitada. El cuerpo ensangrentado como si acabara de huir de una batalla galáctica…
–Hija mía, seas bien recibida. ¿Qué te ha sucedido? –le pregunta con su hálito moribundo y paternal de incrustaciones maléficas, acusadas.
–No me llames así. ¡Nunca seré tu hija! Acabo de librar una batalla contra el mal: tu aliado. Vengo a suplicarte que dejes tu espada y te rindas –contesta Carmen.
–¡Eso nunca! Antes la muerte. Como antiguo Jedi, nunca cederé mi arma a nadie –dice Paco.
–Ya está bien. No soy Liea o como se diga…
–Está todo dicho. No quieres pasarte al lado oscuro –concluye Paco antes de acariciar su espada de luz (un cuchillo bien hermoso de utilidad culinaria).
El semblante de Paco –camuflado bajo la máscara de Darth Vader— está desolado.

Leia y Darth Vader. 29 de marzo de 2015, 22:22h p.m.
Tras unas palabras, Darth Vader la emprende a machetazo limpio con su hermana. Ambos rulan por el suelo en una lucha encarnecida. Leia se defiende con su propio sable (los tacones de aguja que lleva puestos). Los clava en la máscara de fibra de vidrio de la compañía Anovos que utiliza Paco como buen cosplay galáctico. Un pequeño surtidor de hematíes brota como un géiser en plena erupción.
La lucha es mortal. Un charco de sangre rodea los cuerpos agonizantes de los hermanos.
–Áhaa… áhaaa… áhaaa… –dice Paco.
–Mamón…  –susurra Carmen.
–Áhaa… áhaaa… áhaaa… –los párpados de Paco se apagan.
–Ya vienen a por nosotros… ya vienen –concluye Carmen cerrando los ojos.
El eco perenne de la musicalización del salmo 51 del Antiguo Testamento, con los arreglos del prodigioso Wolfang Amadeus Mozart, suenan cercanos; la hermandad de la Vera Cruz y la cofradía de Ánimas pasean sus tallas. Las hechuras sanguinolentas de Carmen y Paco se apagan.

©Anna Genovés
04/01/2015
Modificado el 29/03/2015
Todos los derechos reservados a su autora


John Williams - Star Wars




                                                      

Leia y Darth Vader

by on 18:18:00
Leia y Darth Vader Leia. 5 de enero de 2015, 21:12h p.m. Carla está perfilando sus labios frente al espejo del tocado...